San Silvestre, el papa de los atletas

Publicado el

«¿Qué haces en Nochevieja?» Es una pregunta retórica secularizada que nos han formulado recurrentemente en estas fechas. En tiempos de retorno del fenómeno religioso y de éxtasis rosaliano, la pregunta más adecuada debería ser: «¿Qué haces por San Silvestre?». Este personaje, que no es legendario sino un papa del siglo IV, es una de las figuras principales de los primeros siglos del cristianismo y hoy se le recuerda en el mundo de las carreras de atletismo, que ya reciben el nombre de «carrera de San Silvestre».

De pontificado largo (entre 314 y 335), Silvestre tiene un gran peso histórico: fue el primer Santo Padre después del Edicto de Milán, es decir, tras la persecución del cristianismo, cuando el emperador Constantino declaró la libertad de culto y se detuvo la caza de cristianos, un triunfo para la libertad religiosa y de conciencia, hoy conocida como ForB (freedom of religion and belief).

El 31 de diciembre se recordará, pues, a San Silvestre, a quien se atribuye haber convertido al cristianismo al emperador Constantino, así como haber liquidado el donatismo, un movimiento herético que sostenía que los presbíteros debían ser irreprochables y sin pecado para que los sacramentos que administraban fueran válidos. Este movimiento cismático defendía que la Iglesia debía ser exclusivamente una sociedad de elegidos y santos. Tanto era así que, si habías recibido un sacramento administrado por un pecador, debías recibirlo de nuevo de manos santas y puras. El donatismo fue condenado en el Concilio de Arlés en el año 314. Por el hecho de ser el santo del día 31 de diciembre, nuestro Silvestre se ha visto involuntariamente convertido en patrón de las carreras de atletismo.

El dato no es menor: es el primer papa que murió sin ser mártir. Falleció de anciano, el último día del año. Si entramos en una iglesia que lo tenga en un altar, lo veremos con un toro a sus pies, o con un dragón al que también sometió, pues se le atribuyen tantas maravillas como incluso haber resucitado a un toro salvaje. La conversión de Constantino, sin embargo, es la más cinematográfica de todas: el emperador tenía lepra y solo podía curarse con la sangre de niños. Tuvo entonces una visión en la que Pedro y Pablo le indicaban que, si bautizaba al papa Silvestre, el agua del bautismo lo sanaría. Así fue y, en agradecimiento, Constantino se hizo cristiano y entregó al papa la ciudad de Roma. También se representa al santo con una pila bautismal, en recuerdo de Constantino.

El día y la noche de San Silvestre se han visto coronados por uvas, granada o lentejas (símbolos de prosperidad), y también por verduras verdes como coles y acelgas, que igualmente se consideran portadoras de fortuna. Las supersticiones se mezclan con la tradición y, por ejemplo, en algunos lugares no se comen animales como gambas o cangrejos porque se dice que caminan hacia atrás y eso traería malos augurios. En la noche del papa Silvestre también se arrojan trastos por las ventanas para deshacerse del pasado, y se lanzan cohetes para ahuyentar a los malos espíritus o para iluminar la oscuridad, según se quiera interpretar.

En 1963, en el bar Bella Luz de Vallecas, un grupo de amigos decidió que aquel era un buen día para salir a correr e inauguraron la San Silvestre Vallecana. Hoy se celebra en muchos lugares, pero ellos reivindican su invención, que actualmente tiene un recorrido de 10 kilómetros. En Euskadi, en Galdakao, también salen a correr desde 1961, y en París lo hacen el día 1 de enero desde 1924. En Cataluña la llamamos «la cursa dels nassos», una carrera atlética popular que se disputa anualmente en la ciudad de Barcelona el 31 de diciembre y que está dedicada al Hombre de los Narices, un personaje mitológico catalán. Pobre San Silvestre: en catalán lo hemos sacado de la ecuación.

En las primeras ediciones corría gente con pantalón corto, y hoy se disfrazan. La relación con el santo papa Silvestre no se asocia a ningún interés suyo por el deporte, afición que, por cierto, sí tiene el papa León XIV, que no solo habla bien de los beneficios del deporte, sino que además lo practica.

San Silvestre es un día de alto voltaje. Si quieres estar solo, puede resultarte difícil por las presiones de socialización. Si quieres correr —o verlo por televisión—, tienes carreras al alcance que permiten una despedida colectiva y simbólica del año que termina. Y si prefieres dar gracias, tienes el Te Deum y celebraciones litúrgicas de acción de gracias.